Vivienda, cheques y pobreza: un ensayo experimental | Politikon

Hace unos meses escribí en Jot Down abogando por los ensayos experimentales de políticas públicas. La idea es bien sencilla. Los fenómenos sociales son complejos y por eso es habitual que no sepamos si una política concreta conseguirá o no su propósito. Quizás un programa de vuelta al empleo suena prometedor, o pensamos que reducir el número de alumnos por aula va a mejorar los resultados de los universitarios, pero a priori es difícil estar seguro del éxito (y la magnitud del éxito) de estas acciones. Lo cierto es que las políticas públicas a veces no funcionan, tienen efectos diminutos, o son incluso contraproducentes. De ahí el valor de hacer ensayos, pruebas a pequeña escala y con un grupo control, antes de implantar una política en toda su extensión.

En el artículo dimos varios ejemplos de este tipo de ensayos —y también en la La Urna Rota, que tiene un capítulo dedicado a estas cosas—. Pero hoy quería hablar de otro caso muy interesante que descubrí hace unos días en “Triumph of the City”, el libro de Edward Glaeser.

 

Cheques y casas para combatir la pobreza urbana

En 1990, una ciudad norteamericana ensayó una intervención para intentar reducir la segregación racial en sus barrios. El objetivo era encontrar una alternativa mejor a los bloques de vivienda oficiales que, aunque sí servían para ofrecer casa a gente que la necesitaba, hacían muy poco en favor de la integración.

El ensayo, llamado Moving to Opportunity, funcionaba como sigue. El ayuntamiento distribuyó aleatoriamente una serie de cheques (vouchers) entre un conjunto de familias monoparentales que solicitaban ayudas para vivienda. Los solicitantes elegibles se dividieron en tres grupos. Un tercio no recibió nada y actuó como grupo de control. Otro tercio recibió un cheque estándar, que podían usar para pagar (parte) de una casa en cualquier lugar de la ciudad a su elección. El resto de solicitantes recibió un cheque de igual cuantía, pero con la condición de que solo podían usarlo para comprar su casa en determinados barrios, escogidos por tener un nivel bajo de pobreza.

El objetivo de esta restricción era llevar gente de bajos recursos a barrios más ricos, para así medir los efectos que vivir en aquel vecindario tenía sobre ellos. El propósito era forzar la integración y esperar que esta tuviese un efecto positivo y generase una suerte de círculo virtuoso. Gracias al grupo de control los investigadores podrían medir el impacto de las dos intervenciones.

¿Los resultados? Bueno, lo cierto es que hubo sorpresas.

Lo primero que se observó es que los padres cuyos cheques solo les permitían mudarse a barrios ricos eran más felices, estaban más sanos y tenían menos probabilidades de ser víctimas de delitos. Eso estaba bien. Sin embargo, no eran más ricos que antes de mudarse. En términos económicos estaban igual que antes. Sus casas en barrios «bien» les habían costado más dinero, la vida diaria era más cara, y ahora vivían más lejos de sus trabajos, lo que les ocasionaba gastos extra.

El impacto sobre los niños también fue dispar. Las niñas lo hicieron mucho mejor en el colegio y se integraron bien en sus nuevos vecindarios. Pero no pasó lo mismo con los niños. En los nuevos barrios ricos tenían más problemas de comportamiento, quizás por una peor adaptación.

 

Por qué hacer ensayos

El ensayo demostró que los cheques conseguían su principal propósito: dar mejores casas a gente pobre. Seguramente se demostraron mejor alternativa que subvencionar la construcción de grandes complejos de vivienda protegida (que además tienden a desviar el dinero hacía donde no toca). Pero el ensayo también trajo malas noticias al sugerir que los cheques-vivienda no sirven para reducir la pobreza urbana: los beneficiarios de la ayuda eran más felices, estaban más sanos y disfrutaban de barrios seguros, pero su nivel renta no mejoró.

Estos resultados reflejan el principal motivo para hacer ensayos, que como dijimos al principio, consiste en averiguar qué políticas funcionan y cuáles no. La complejidad y la sutileza de los fenómenos sociales hacen que no baste un argumento razonable para predecir el resultado de nuestras acciones. Ademas, aunque acertemos la dirección en que irán esos resultados, en ausencia de experiencias reales es dificilísimo cuantificar su magnitud.

Pero Moving Opportunity también es ejemplo de que hasta las políticas con las mejores intenciones pueden tener consecuencias imprevistas y perjudiciales. Ese fue el caso de los niños cuyas familias se mudaron a barrios ricos, que no mejoraron sus resultados académicos y tuvieron problemas de conducta en sus escuelas. Seguramente no es razón para desistir del programa, porque otros beneficios pueden compensarles y porque ahora que somos conscientes del problema podemos facilitar la adaptación de esos niños, pero es una información valiosa, no necesariamente intuitiva, y por tanto difícil de anticipar sin una evaluación experimental.

 

La necesidad de la evaluación

Subrayo esto último: es necesarios que evaluemos (midamos) el resultado de todas las políticas. En esta ocasión estamos hablando de un ensayo experimental, que es la forma más sofisticada de obtener información sobre una determinada política antes de aplicarla, pero también la más compleja por razones políticas (ver, ejem,La Urna Rota). No obstante, para conseguir parte de los beneficios que hemos expuesto, bastaría con evaluar los programas en marcha, aunque en sus inicios no se llevasen a cabo ensayos. Imaginad que el programa de cheques-vivienda se hubiese puesto en marcha, y que tres años después el ayuntamiento hubiese recabado información para evaluar la nueva situación económica de las familias, detectar los problemas de adaptación de los niños, etc. El análisis no es tan sencillo ni los resultados tan robustos —falta un grupo de control que sirva de contrafactual—, pero la evaluación a posterior es mejor (mucho mejor) que nada.

En definitiva, Moving to Opportunity sirve para ilustrar el valor de los ensayos experimentales de políticas públicas. Pensad que estamos hablando de una intervención sofisticada —viviendas— y que moviliza muchos recursos. Nada barata. Pensad en nuestro país. ¿Cuánto gastamos hace una década en Viviendas de Protección Oficial? ¿Se hicieron suficientes ensayos para averiguar la mejor forma de invertir aquel dinero? ¿Se ha hecho seguimiento para averiguar si las VPO lograban sus objetivos? ¿Estaban claros aquellos objetivos?

Kiko Llaneras – @kikollan

 

+ artículo publicado en Politikon

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